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Mostrando entradas de abril, 2025

Jana

Quise tener una vida propia. Siento haberme olvidado de mi hermana pequeña y del niño venido de la mujer de mi padre, pero eran ellos o yo. No podía, ni debía. Los errores de mis padres eran lastre. Tampoco a mí me ha ido mejor, pero de mis penas me ocupo yo. Es posible que mi soledad sea sobrevalorada. Estuve yendo a la aldea del abuelo que no nombraba como tal, por falta de proximidad, la época navideña, hasta que consideré que mi hermana no me necesitaba. Nunca desvelé la vida de mi padre, porque consideré que le tocaba a él informarles, si así lo quería. Rosi me lo reprochó. No me excusé, ni Le dije lo que pensaba. Igual fue a raíz de su exigencia que ya no volví por allí, y apenas le presté más atención. No me hace feliz mi actitud. No la defiendo. Es lo que hay. Vivo sola. No tengo amigos. A nadie Le brindo la proximidad. No vale la pena. Mis trabajos me permiten mantenerme. Algunos no son muy éticos, pero es fácil ser buena persona cuando no te vienen mal dadas. Hay trabajos tan...

Capítulo 2

Jana Jana La mayor de las hermanas supo que sus padres no compartían nada. Que ella y Rosi, la peque, eran lo único que las unía. Cuando la madre consiguió romper definitivamente con su padre, sufrió el trance ocultando sus sentimientos. Su rebeldía fue el detonante de un torbellino interior a punto de salir afuera. Aquella amiga con la que su vida se dulcificaba fue su válvula de escape. Las dos adolescentes compartían secretos y emociones. El primer día que fui a casa de Consu jugué mis cartas. Mi madre no estaba en la aldea, había escapado con la escusa de estar con mi hermana ese primer finde que nos separaban. A mí no me engañó. Huía. Saberlo me dio fuerza y Aproveché la debilidad de mi padre, al que le saqué la promesa y compromiso de ayudar frente a la casi segura negativa de mi madre. La sorprendida fui yo. Cuando, el domingo, fuimos a recoger a mi hermana ella nos recibió con una calidez inusual. Aproveché Su ánimo positivo y le champé mi decisión como algo hecho. Mi padre no ...

Aquellos días

Aquellos días Aquellos días tuve ganas de marchar hacia ninguna parte. Si no hubiera estado fuera de la aldea aquel fin de semana, con la madre de la amiga de mi hija pequeña nada me hubiera salvado. Estaba al límite. Teresa no disponía de mucho espacio, una vez se durmieron las niñas, nos relajamos y hablamos. Dormimos juntas y nuestros cuerpos buscaron. El mío se abrió. Volver a la aldea sin ella y tener que enfrentar mi realidad se me hizo insoportable. Quería su abrazo. Sentir sus latidos. Estar a su lado. Ya no podía vivir en la nada de un entorno que me ahogaba. Cuando Jana me dijo que iría el próximo finde con su amiga, la indifererencia ante una decisión de la que no era parte me alertó. Nunca antes habíamos tomado decisiones por separado. Joan lo había hecho sin contar conmigo. Usé esa situación para empezar a plantearle mis reivindicaciones. Sus padres ya estaban de más. Debían volver a su casa y yo recuperar mi espacio. Una cosa llevó a otra, y al fin estallé. Le dije que él...

Grandes cambios

Grandes cambios Nuestras vidas cambiaron. Mi hermana se fue con mi padre en una de sus visitas. Mi amiga pasó a ocupar su lugar. Mamá se las trajo a nuestra casa. Mi abuelo no dijo nada. Mejoró nuestra economía. Mamá estaba siempre de buen humor. Nuestras madres eran amigas. Los vecinos cuchicheaban. Parece que nuestra vida familiar les daba tema. Nunca supe si nuestras madres tenían algo entre ellas. Si era así, a nosotras no nos afectaba. El abuelo era feliz. Nos preparó un columpio colgado de una viga del garaje. En un espacio que él había ocupado con su banco de trabajo y herramientas. Gracias a él pudimos aprender a tallar maderas. No se nos daba nada mal. Las llevabamos a los mercadillos y se vendían como churros. Lo de venderlas fue nuestro empeño. Una fruslería, decía la madre de Lara. Tan baratas que junto con sus tejidos y otras prendas teñidas o impresas con plantas se iban de nuestras manos. Un día, mi abuelo le dijo a Lara que no sólo no le importaba que le llamara abuelo,...

Cambios

Cambios Cambios Aquel fin de semana fue maravilloso. Mamá parecía otra.  Fue una suerte. Las madres se entendieron muy bien.  Sin embargo, el sábado al anochecer quería volver a casa. Me faltaba mi hermana. Lloré sin saber expresar porqué.  Cuando llegó ella con papá, el domingo por la mañana, me lancé a abrazarla.  _Tontorrona. No seas tan pegajosa.  Me soltó y fue hacía nuestra madre diciéndole que ella también quería pasar un finde fuera de casa.  Así fue. El siguiente le tocó a ella.  Creo que mamá se quejaba.  Sin mi hermana en casa lo pasé peor. Me aburría. No encontraba en qué entretenerme. Ese finde se hizo muy largo.  Me columpiaba en las ramas de los árboles. Saltaba y corría. Leía. Dibujaba. Vestía y desvestía mis muñecas.  Los adultos iban a lo suyo.  El sábado fui con mis padres al centro comercial. Allí nos encontramos con Lara y su madre. Comimos con ellas. Una hamburguesa y patatas fritas. Con ketchup. Mucho, según n...

Nada permanece

Nada permanece. Después de la muerte de mi madre, la de Joan, que vino a ayudar, se quedó con nosotros. Ella y mi suegro. Los hijos marcharon tras la ceremonia y entierro. Aquellos días tuvimos que volver a compartir el lecho conyugal. No la intimidad. Colocamos en la habitación de las niñas una cama improvisada para mi suegra y los hombres se arreglaron como pudieron. En el sofá cama y el dormitorio de mis padres. Al quedarse mis suegros, mi padre les cedió su habitación y él se instaló en el espacio que había hecho mío. Nunca antes había tenido que convivir con mi suegra. Éramos multitud. Cuando les preguntábamos sobre su regreso posponían el viaje con una excusa u otra. Mi padre estaba a gusto. Se entendía bien con mi suegro. Joan parecía sentirse mejor con la proximidad de los suyos, y las niñas estaban a gusto con los mimos de unos y otros. Yo no. La situación me afectaba. Me ahogaba. Quería salir. Mis hijas frenaban mi impulso. Ellas volvían a las rutinas escolares y yo las lleva...

Aprovechar

Aprovechar _Mira, hija, las mujeres estamos hechas de otro barro. Ellos nacen de nosotras. Tú no sabes lo que supone tener un hijo varón. Yo tampoco. Siempre vi a esas mujeres pendientes de ellos. Mucho más que de nosotras. Es como si el entorno los considerarà inútiles y tuviera necesidad de compensar la balanza. Mi madre se dio cuenta. Era evidente el distanciamiento entre nosotros. Juzgo positivo nuestro pacto. No estábamos para separarnos. En realidad Joan no molestaba. Apenas nos encontrábamos a lo largo del día. Las niñas salían temprano. Él las llevaba y recogía por la tarde con el coche de mi padre. Los sábados íbamos al centro comercial. Las niñas disfrutaban. Nosotros también. Mi madre se quedaba en casa. Decía que le mareaba tanta gente. Íbamos con una larga lista elaborada por ella a lo largo de la semana. Mi padre y Joan delante. Las niñas y yo en medio detrás. La silla para la pequeña dejaba poco espacio, pero nos arreglabamos bien. Nuestro coche no es pequeño. En casa te...

Reconstrucción

Reconstrucción  Mi padre empezó a interesarse. Fue sacando a Joan de su mutismo. Nos acompañó con el coche a recoger nuestras cosas. _Unidos podremos. Sumaremos fuerzas.  Así fue. _Aquí trabajo no va a faltar. Podemos sacarle a la tierra su fruto. Subsistir es más fácil cuando puedes sembrar y no tienes que comprar. A mí las fuerzas me dan para poco, pero vosotros sois jóvenes. Salvó la situación temporalmente.  Nosotros nunca volvimos a tener intimidad. Una brecha abismal se había abierto a nuestros pies. Me sentí culpable y lo culpé a él. El tiempo transcurría a distinto ritmo. Solucionamos muchas de nuestras carencias. Nos empadronaron en la casa de mis padres. Las niñas tuvieron su escolaridad asegurada. Nuestro pacto no explícitado fue de respeto. En nuestra habitación había una sola cama. La que se puso para nuestras estancias vacacionales. Hubiera preferido no seguir compartiendo ese espacio, pero la casa no daba para más. Las niñas también compartían, aunque en su...

Silencios

Silencios A veces el silencio va sacando y separando morralla. Vas cuadrando las cosas. Desenredas aflojando. Callas y te enfrentas a la maraña de pensamientos acumulados. Empecé a observar sus gestos, temerosa de perder nuestra comunicación. Tuve una amistad estrecha en mi adolescencia. Aquella amiga que era más que hermana cayó en el mutismo depresivo cuando teníamos dieciocho. Las dos teníamos la misma edad. Ella de mayo y yo de julio. No supe. No pude. No fui capaz de acompañar. Dejó de lado la vida. Me sentí herida. Lo intentó. Falló. La encerraron. Me alejé. Mi madre temía por mí. Ella creía que ese mal del alma podía contaminar la mía. Fui cobarde. No puedo hacerle lo mismo a Joan, pero no sé. Me siento incapaz. Abrazarlo no me nace. Tengo el mismo miedo que tenía mi madre.

Obliga

Obriga Nobleza obliga. Quien hace lo que puede no está obligado a más. Me viene a la mente. Mi madre y mi abuela decían esas y otras sentencias. Hicimos lo que estaba en nuestra mano, pero nos quedamos con la sensación culpable de tener responsabilidad sobre lo que nos pasó. Nos hicimos reproches. Nos culpamos. Los días de estancia en la aldea, teniendo esa pausa, hablamos mientras dábamos largos paseos sin las niñas, que tenían entretenimiento y seguridad. Costó. Nunca se nos dio bien ese diálogo. Expresar emociones sin ocultar, por temor a herir o salir mal parado, era un ejercicio arduo y complicado. Nos habíamos alejado. Apenas nos tocábamos. Desde luego, estrecharnos y besarnos pertenecía al pasado. Callamos sobre eso. Ni nos quejamos, ni reclamamos. En mi fuero interior tampoco lo afrontaba. Joan lanzó el primer dardo y dio en diana. Allí no se encontraba cómodo. Me dijo que se sentía inútil, que la mendicidad lo aplastaba y anulada, que la vida dejaba de tener sentido. No lo hab...

Nosotros

Nosotros Nosotros Digo en plural nosotros dos, pero en realidad soy yo quien marca ruta y toma decisiones. Si no le hubiera hecho caso, habríamos salido con menos precipitación. Fui yo quien empaquetó y envió recursos a mis padres. Quien preparó nuestras maletas y mochilas de supervivencia. Quien fue guardando un dinero imprescindible por si nos embargaban la cuenta bancaria, por los meses que la propiedad rechazaba ofrecernos un pacto de continuidad, con evasivas. Joan se bloqueó. Cargué con mucho más de lo que nunca hubiera imaginado poder afrontar. Lo hablamos a gritos en muchos casos. Las niñas asustadas se abrazaban e incurrían en llanto. Era lamentable. Cuanto dolor inútil. Ahora, mirando atrás, veo la dificultad emocional frente a la adversidad. Es posible que sin las niñas nuestra relación no se arreglaría. Ellas son frente común. No puedo acusarle de no protegernos. Ese tópico que sostiene la masculinidad es pura fantasía. Somos nosotras las que contra viento y marea hacemos d...

Intenciones

Las intenciones Las intenciones están para no cumplirlas. Las niñas insistían. Fuimos a casa de los abuelos. Sin dejar la habitación, que pagamos por adelantado por todo el mes. Joan me hizo recapacitar. Nos moveriamos mejor si las niñas quedaban con los abuelos. Mi madre cambió la expresión de su cara cuando le hablé de nuestra situación. Lo primero que dijo fue que no había hecho bien Ocultandoles por la que estamos pasando. Se alegro de tener a las niñas, que nada más verla se abalanzaron a sus brazos. Este cambio de guión nos favorece. Pienso con más claridad. No se me caeran los anillos. Lo que salga. No estamos para remilgos. No lo pude evitar, me rompí en su abrazo. La asusté. Dijo que algo se olía. Que le había quitado el sueño pensando en lo peor.

Recursos

Recursos Recursos Trabajando los dos, nunca nos planteamos la situación que podía caernos encima. Ilusos, nos sentíamos clase media. Ahorros, hogar y trabajo. Conforme nos fueron apretando, constatamos la fragilidad de nuestras vidas. Recortaban por todos lados. Mis padres tuvieron que mal vender su piso, sin haber terminado de pagar la hipoteca. Toda una vida esforzándose para volver a la aldea, de la que salieron en busca de oportunidades. No van sobrados, ni su casa puede ser la nuestra. Las niñas tienen que vivir en un entorno que les pueda ofrecer oportunidades. Estos días voy a indagar qué debemos hacer para que al menos estén en la escuela el último trimestre. No tuve ánimo para presentarme en su colegio. Seguramente llegaron a saber. Las cosas siempre acaban saliendo a flote. Ahora no puedo comunicarme. Lo haré pasado el lunes de pascua, que allí es festivo. De momento, aquí podemos resistir en la habitación que hemos cogido. No tiene muchas comodidades, pero peor es la calle. ...

Nos hemos ido

Nos hemos ido. Al fin hemos conseguido dar ese paso. Aprovechando los desplazamientos vacacionales de las vacaciones escolares, de semana santa, y con el dinero que enviaron los abuelos por el cumpleaños de Rosi hemos cogido tren de larga distancia. No vamos a la aldea. Seguiremos callejeando, pero ya no tendremos el temor de ser vistos por alguien conocido. Nuestro mayor riesgo son las niñas. Aún nos queda el último trimestre. La pequeña a primaria y la mayor a la eso. Un cambio de ciclo que requiere gestiones que de momento no están a nuestro alcance. Aunque salimos de la que era nuestra casa con una mano alante y otra atrás, fuimos previsores y viendo la que se nos caía encima enviamos en cajas los juguetes y libros de nuestras hijas a la aldea, diciéndole a mis padres que nos costaba tirar lo que en el futuro podrían echar de menos nuestras hijas. También aprovechamos la situación para empaquetar las bicis y ropas de invierno, previendo poder quedarnos allí a partir del verano. Nos...

Aquellos días pesan

Aquellos días pesan. El 14 de abril cumplía cinco años. Fue un día extraño. Ni corona de cartulina con caramelos pegados, los de los años cumplidos, ni tarta con velas, ni aplausos y feliz cumpleaños de mis compañeras y compañeros de clase. Ese día, nuestros padres buscaron donde dejar nuestras maletas y mochilas y nos llevaron a un restaurante a comer hamburguesa. Esa fue la fiesta de ese año. Pasarían otras en las que pude celebrarlo como antes, pero mis cinco años dejaron huella indeleble. Dicen que construimos recuerdos y no coincidimos con la realidad. Mi vivència fue intensa y difícil de entender desde mi inmadura perspectiva infantil. No hubo regalos. Nos prometimos salir de esa y recuperarlos en otro momento. Los abuelos mandaron dinero para que me compraran algo, sumando. Ese era el acuerdo entre mis progenitores y ellos. No es algo que supiera entonces. Mamá me lo ha explicado. No querían que nos llegarán cosas no deseadas o inútiles. Por ello, desde que nació mi hermana acor...

Continua

El disimulo Nuestras vidas se truncaron. En medio de todo, suerte. Si hubiéramos comprado con una de esas hipotecas que parecían ponerlo todo tan fácil, estaríamos en la calle, sin casa y con deuda. Primero resistimos. Salir de la seguridad de un techo con las dos niñas nos espantaba. Resistir hasta que ya no puedes. Dejas de comprar aquello de lo que puedes prescindir. Consumes a mínimos. Compras lo imprescindible para alimentarte. Vas a lo más barato y a punto de caducar. La nevera se convierte en armario. No la vuelves a enchufar. De la mayor pasas todo lo que puedes a la pequeña. Para ella se te complica, porque crece sin parar. Segunda mano y mercadillos no bastan. Lo peor calzarlas. Nosotros vamos aguantando. En todo, como podemos. Primero cayeron los pequeños ahorros que habíamos ido acumulando para ellas. Ahora, sin sitio que nos acoja, casi indocumentados, nos queda poco para que nos den caza y nos separen. Vamos simulando ser turistas, pero pronto no va a colar. Los signos ge...

Relato

Relato Íbamos explorando. Suerte que nuestro hatillo era una maleta con ruedas. La de mi hermana mediana y la de mi madre con una bolsa encima llena de restos recogidos por las calles, en papeleras y contenedores. A esas horas, nosotras deberíamos estar en clase. Sin casa propia, no tendrían dónde reclamar a nuestros padres. Mi padre se ausentaba. No mucho tiempo. Quedaba en un parque, donde esperaba nuestra llegaba. A veces, con suerte, había dinero y pasábamos un par de días alojados. Siempre en distinto sitio. Estábamos advertidas. Si nos preguntaban no contestar. Era difícil callar, y más no hablar. Duele recordar esos días. Más, los que precedieron al que nos cerró el paso a la que había sido nuestra casa. Un piso que recuerdo no era lujoso ni grande, pero que a nosotras nos parecía lo mejor de lo mejor. Perdimos aquellas amigas con las que habíamos ido tejiendo amistad. Ya no había vecina o vecino con quien dejarnos, mientras mamá y papá buscaban solucionar la situación. Los días...