Recursos
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Trabajando los dos, nunca nos planteamos la situación que podía caernos encima.
Ilusos, nos sentíamos clase media. Ahorros, hogar y trabajo.
Conforme nos fueron apretando, constatamos la fragilidad de nuestras vidas.
Recortaban por todos lados.
Mis padres tuvieron que mal vender su piso, sin haber terminado de pagar la hipoteca. Toda una vida esforzándose para volver a la aldea, de la que salieron en busca de oportunidades.
No van sobrados, ni su casa puede ser la nuestra. Las niñas tienen que vivir en un entorno que les pueda ofrecer oportunidades.
Estos días voy a indagar qué debemos hacer para que al menos estén en la escuela el último trimestre. No tuve ánimo para presentarme en su colegio. Seguramente llegaron a saber. Las cosas siempre acaban saliendo a flote. Ahora no puedo comunicarme. Lo haré pasado el lunes de pascua, que allí es festivo.
De momento, aquí podemos resistir en la habitación que hemos cogido. No tiene muchas comodidades, pero peor es la calle.
Joan se va ofreciendo para trabajos que no le ofrecen estabilidad.
Podemos ir a las colas del hambre. Allí supimos de la habitación. Hay cierta solidaridad entre los que sufrimos el zarpazo del sistema.
Con mi madre nos comunicamos. Llama màs ella que yo. No podemos asumir ese gasto. Suerte que hay sitios públicos con wifi abierto. Allí uso el WhatsApp.
Las otras aplicaciones las desinstalamos.
Nos quedamos con un sólo móvil. El mío.
A los padres de Joan les dijimos que el suyo no iba y que podían comunicarse por el mío. Ellos no llaman tan a menudo.
Yo soy hija única. Mi pareja tiene tres hermanos, más jóvenes que nosotros, desperdigados por otros lugares, buscándose la vida, como todos. Ellos no siguieron estudios. Su mundo desconfía más.
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