Hay un paraíso

Hay un paraíso
Hay un paraíso perdido en cada una de nuestras vidas. El mío esos años de nieta e hija única.
Cuando Rosi dejó sus baberos y babas yo ya no tenía esperanzas. Me conquistaba cuando alargaba su torso buscando mi calor, en el momento que mamá dejaba de alimentarla. Amor odio eran una encrucijada.
Nunca dejé de quejarme por su presencia.
La yaya fue la única que me priorizó. Ella que sólo había parido hombres, como me decía, tenía en mí su princesa.
Por eso quise marchar de la aldea. No pude soportar su ausencia cuando marcharon con papá. En ese momento me prometí seguirla cuando pudiera.
En Navidades, era ella la que me empujaba a que fuera a pasarlas con mi madre y mi hermana. No quise contradecirla, pero una vez cumplía volvía a su lado. Ese tiempo viví en el paraíso de nuevo.
Hasta que tuve que salir. Ella no lo supo, pero huí. Ese entorno de testosterona raida era plomo. Sus miradas eran insoportables. Los hermanos de mi padre vivían al margen. Temores nocturnos me hacían estar alerta de luces y ruidos. Volvían a las tantas. Pasaban la mayor parte del día fuera. Buscándose la vida, a decir de ellos, pero yo sentía el peligro. En los momentos en que convivía con ellos mis alertas se disparaban. Les evitaba. Por supuesto, uraña, no abrazaba ni besaba. Me mantenía a salvo de su contacto, pero no de sus miradas. Por eso me fui. Busque la salida y la encontré en una comuna ocupa. Allí compartíamos recursos, pero no emociones. Nadie pedía explicaciones. Ni de quién era, ni de dónde procedía. Hurtos y triquiñuelas varias era la supervivencia.
Algunos con trabajos de reparto decían aquello de que aunque se pague una miseria, menos es nada. En alguna ocasión fui yo. Era agotador. Nos encontrábamos en un lugar cualquiera y allí nos dejaban paquetes en desorden. Sobre el asfalto, sin cuidado. Nosotros tampoco los tratábamos mejor. Unos con bicicleta, otros a la espalda. Los más afortunados con mecanismos eléctricos que recargaban en lugares públicos.
Recargar estaba a nuestro alcance.
Nuestros ideales eran resistir y vivir.
Nunca sufrí acoso de nadie.
Papá se casó con Berta para legitimarlos, a ella y su hijo.
Desconfié cada vez más de mis tíos. Iba a ver a la yaya cuando comprobaba que no estaban. Dejé mis cosas en la casa de mi padre, donde también me duchaba. Allí me sentía segura.

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