Cambios
Cambios
Cambios
Aquel fin de semana fue maravilloso. Mamá parecía otra.
Fue una suerte. Las madres se entendieron muy bien.
Sin embargo, el sábado al anochecer quería volver a casa. Me faltaba mi hermana. Lloré sin saber expresar porqué.
Cuando llegó ella con papá, el domingo por la mañana, me lancé a abrazarla.
_Tontorrona. No seas tan pegajosa.
Me soltó y fue hacía nuestra madre diciéndole que ella también quería pasar un finde fuera de casa.
Así fue. El siguiente le tocó a ella.
Creo que mamá se quejaba.
Sin mi hermana en casa lo pasé peor. Me aburría. No encontraba en qué entretenerme. Ese finde se hizo muy largo.
Me columpiaba en las ramas de los árboles. Saltaba y corría. Leía. Dibujaba. Vestía y desvestía mis muñecas.
Los adultos iban a lo suyo.
El sábado fui con mis padres al centro comercial. Allí nos encontramos con Lara y su madre. Comimos con ellas. Una hamburguesa y patatas fritas. Con ketchup. Mucho, según nuestras madres. Nos consintieron bastante. Fue una gozada.
Creo que los adultos se dieron cuenta, porque el finde siguiente mi amiga y su madre vinieron a la aldea.
En la aldea no hay peligros. Se puede ir de un lado a otro y salir a los caminos de tierra. A mi amiga le sorprendió. Ella sólo podía ir a su aire en espacios reducidos, como los de juegos en parques y centros comerciales.
Hubo pizza. Nos la hizo la yaya.
Mi hermana volvió a quedarse en casa de su amiga. Tuve nuestra habitación para mí. Le cedí a Lara la de arriba. Mi favorita. Le sorprendió que cada noche nos tocará elegir una u otra. Nunca habíamos llegado a un acuerdo. Siempre nos lo jugábamos a piedra, papel, tijera.
Como no había sitio, las madres durmieron juntas. Papá se tuvo que arreglar con el abuelo, en el sofá. Por la mañana salió ojeroso. Parece que no pudo pegar ojo. La incomodidad y los ruidos, dijo, no le habían permitido descansar.
Por contra, mi madre y la de mi amiga brillaban tras una sonrisa y alegre despertar.
La yaya preparó chocolate con churros. No le criticamos, pero eso no eran churros ni na. La que sí que los hacía ricos era la mamá de mi madre. Por ella había una máquina manual para hacerlos, pero con eso no basta. Hay que tener mano, y la yaya tiene poca en comparación con ella.
Nombrar a la abuela me duele. Creo que nunca me voy a sacar de dentro la punzada.
Aunque no era muy mayor cuando ella enfermó, recuerdo muchos detalles de esos momentos. Parece como si la oyera, cuando nos llamaba para merendar. Muchas meriendas con ella fueron una experiencia. Nos sorprendía con dulces salidos de sus expertas manos.
Un día escuché a mis padres discutiendo. Hacía mucho tiempo que no se les veía enfadados.
No supe porqué, pero a los pocos días papá se marchó con sus padres.
Desde entonces, a nuestro padre lo vimos poco. Venía en verano y algún fin de semana largo.
Creo que entre lo que se decían, mamá dijo que no tenía ninguna obligación porque no eran marido y mujer.
Eso me desconcertó.
Han pasado años y puedo confirmarlo. Ellos nunca hicieron papeles. Aunque, estando en la aldea se presentaban como matrimonio con dos hijas.
Supongo que no querían andar dando explicaciones a todo el mundo.
Nosotras tenemos sus apellidos. Somos sus hijas.
Actualmente, mi padre tiene otro hijo. Ese es de él y su mujer. Mi hermanastro. No lo trato mucho. Nos conocimos años más tarde, cuando fui a ver a mi padre, hospitalizado por un accidente. Allí me encontré con un adolescente mestizo.
La mujer de papá no estaba. Tampoco esperé a verla. Debí hacerlo, pero me sentí fuera de lugar.
Para mí siempre ha sido muy difícil prescindir de la presencia de nuestro padre. No puedo evitar culpar a mamá, porque lo echó de casa.
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