Obliga

Obriga
Nobleza obliga.
Quien hace lo que puede no está obligado a más.
Me viene a la mente.
Mi madre y mi abuela decían esas y otras sentencias.
Hicimos lo que estaba en nuestra mano, pero nos quedamos con la sensación culpable de tener responsabilidad sobre lo que nos pasó.
Nos hicimos reproches. Nos culpamos.
Los días de estancia en la aldea, teniendo esa pausa, hablamos mientras dábamos largos paseos sin las niñas, que tenían entretenimiento y seguridad.
Costó. Nunca se nos dio bien ese diálogo. Expresar emociones sin ocultar, por temor a herir o salir mal parado, era un ejercicio arduo y complicado.
Nos habíamos alejado. Apenas nos tocábamos. Desde luego, estrecharnos y besarnos pertenecía al pasado.
Callamos sobre eso. Ni nos quejamos, ni reclamamos.
En mi fuero interior tampoco lo afrontaba.
Joan lanzó el primer dardo y dio en diana.
Allí no se encontraba cómodo. Me dijo que se sentía inútil, que la mendicidad lo aplastaba y anulada, que la vida dejaba de tener sentido.
No lo había visto venir. La lucha por seguir y mi queja interna de su poco empuje no me habían dejado ver su proceso depresivo.
Cuando me di cuenta sentí que podía ser arrastrada y eso dejaría a las niñas sin amparo.
No podía delegar en mis padres. Ellos entraban en la decadencia física y mental.
Sentí sobre mis espaldas la carga.
No se lo dije. Me limité a escuchar.

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