Continua

El disimulo
Nuestras vidas se truncaron.
En medio de todo, suerte. Si hubiéramos comprado con una de esas hipotecas que parecían ponerlo todo tan fácil, estaríamos en la calle, sin casa y con deuda.
Primero resistimos. Salir de la seguridad de un techo con las dos niñas nos espantaba. Resistir hasta que ya no puedes. Dejas de comprar aquello de lo que puedes prescindir. Consumes a mínimos. Compras lo imprescindible para alimentarte. Vas a lo más barato y a punto de caducar. La nevera se convierte en armario. No la vuelves a enchufar. De la mayor pasas todo lo que puedes a la pequeña. Para ella se te complica, porque crece sin parar. Segunda mano y mercadillos no bastan. Lo peor calzarlas.
Nosotros vamos aguantando.
En todo, como podemos.
Primero cayeron los pequeños ahorros que habíamos ido acumulando para ellas.
Ahora, sin sitio que nos acoja, casi indocumentados, nos queda poco para que nos den caza y nos separen.
Vamos simulando ser turistas, pero pronto no va a colar. Los signos gestuales son otros. Para observador certero innegable.
Nos iría bien ir a la casa de mis padres o los de Joan. Aún no hemos decidido a dónde. Es el espejo de nuestro fracaso, pero tendremos que afrontarlo. Ellos ya no viven en la ciudad. Vendieron el que otro tiempo fue su hogar, para evitar seguir endeudados con esas hipotecas que les estaban apretando. Ahora están allá donde en otro tiempo era sitio para vacacionar.
No sé cuanto tiempo de disimular nos queda. De momento, como estamos en esos meses previos al veraneo, vamos a aguantar y planear nuestro futuro.
Cuando sean las vacaciones escolares, haremos como siempre, Jana y Rosi irán un mes a cada casa, aunque sé que preferirían no moverse de la de mis padres, no por ellos. Allí tienen amigas con las que jugar todo el día.
En lo práctico, llevo un recurso de cuando estudiaba en la Universidad. Se pone dentro del líquido y lo calienta. Es fácil encontrar donde enchufar. Perfecto para calentar la leche y poder desayunar.
Las niñas no lo saben, pero su padre busca trabajos y caridad.
Lo estamos posponiendo, pero tenemos que ir a asuntos sociales.
No la estamos jugando.
El miedo nos paraliza.
Tememos por perder a las niñas.
Ellas no deberían pagar por nuestros errores.
De vez en cuando me interrumpo. No quiero que sepan que escribo en las notas del móvil. Hacerlo me destensa.
Rosi no me pierde de vista. 
Ellas deberían estar en la escuela. Jugar con sus compañeras y vivir una infancia despreocupada. 
La culpa me arrastra. ¿Qué hicimos mal? No consigo desentrañar el momento en que perdimos el control. Llevábamos de alquiler desde que decidimos vivir juntos. Nunca nos planteamos regular nuestra situación. Ni Joan, ni yo. Mi madre se quejaba. Decía que no son maneras de formar una familia. Siempre creí que nuestro vínculo no necesitaba papeles que lo refrendaran, que tener la puerta abierta daba autenticidad a nuestro compromiso vital. 
En estas circunstancias tenemos muchas dudas. 
Que ellas arrastren sus pertenencias simulando aquello que les hemos dicho empieza a no ser muy apropiado. Deberían volver a sus actividades escolares cuanto antes.

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