Nada permanece

Nada permanece.
Después de la muerte de mi madre, la de Joan, que vino a ayudar, se quedó con nosotros. Ella y mi suegro. Los hijos marcharon tras la ceremonia y entierro.
Aquellos días tuvimos que volver a compartir el lecho conyugal. No la intimidad. Colocamos en la habitación de las niñas una cama improvisada para mi suegra y los hombres se arreglaron como pudieron. En el sofá cama y el dormitorio de mis padres.
Al quedarse mis suegros, mi padre les cedió su habitación y él se instaló en el espacio que había hecho mío.
Nunca antes había tenido que convivir con mi suegra.
Éramos multitud.
Cuando les preguntábamos sobre su regreso posponían el viaje con una excusa u otra.
Mi padre estaba a gusto. Se entendía bien con mi suegro. Joan parecía sentirse mejor con la proximidad de los suyos, y las niñas estaban a gusto con los mimos de unos y otros. Yo no. La situación me afectaba. Me ahogaba. Quería salir. Mis hijas frenaban mi impulso.
Ellas volvían a las rutinas escolares y yo las llevaba y recogía a diario. Así lo quise, sugiriendo que mientras estuviera mi suegra ocupandose de la casa, Joan podía ser más útil allí.
En realidad tengo que agradecer que se quedaran, porque salir a diario y entablar amistades nuevas me abrió nuevas perspectivas. 
Si ella estaba, yo podía quedarme más tiempo fuera.
Aunque al principio preguntaron por mi marido, no tardaron en incluirme. Las mujeres que iban y venían dedicaban parte de su tiempo a conversar. Primero de sus hijos. Eso era inevitable. Era lo que unía.
Mi pequeña tenía una amiga especial, Lara. Muchas veces quiso quedarse con ella en fin de semana. Su madre sugirió que podíamos quedar nosotras también, si eso no afectaba a mi vida familiar.
Me lo pensaría. No dudé mucho. Con ella me sentía a gusto.
A Joan le pareció bien.
Ese viernes él recogería a la mayor y nosotras nos iríamos con su amiguita a pasar el fin de semana. El domingo nos vendría a buscar. Con un coche teníamos que organizarnos. 
Era la primera vez que se separaraban las niñas. La mayor se quejó. No por la separación. Ella había pedido en otras ocasiones pasar alguna noche con una de sus amigas. 
Aunque no nos parecía del todo mal, tampoco dábamos el paso. Ya no lo podríamos posponer. Como adolescente empezaba a exigir su libertad. 
Joan y yo estábamos bien, aunque nuestros cuerpos no se buscaban ya. Coincidíamos o llegamos a acuerdos respecto a las niñas. 
A la vuelta, lo primero que me dijo ella fue que el próximo finde se iría a casa de su amiga, que así lo había acordado con Joan. 
No me dio opciones. No podía contradecir a su padre. 
Por mi parte eso me pareció precipitado. No era igual. Con Rosi había estado yo. Con ella era impensable. No lo aceptaría.

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