Aquellos días pesan


Aquellos días pesan.
El 14 de abril cumplía cinco años. Fue un día extraño. Ni corona de cartulina con caramelos pegados, los de los años cumplidos, ni tarta con velas, ni aplausos y feliz cumpleaños de mis compañeras y compañeros de clase. Ese día, nuestros padres buscaron donde dejar nuestras maletas y mochilas y nos llevaron a un restaurante a comer hamburguesa. Esa fue la fiesta de ese año. Pasarían otras en las que pude celebrarlo como antes, pero mis cinco años dejaron huella indeleble.
Dicen que construimos recuerdos y no coincidimos con la realidad. Mi vivència fue intensa y difícil de entender desde mi inmadura perspectiva infantil.
No hubo regalos. Nos prometimos salir de esa y recuperarlos en otro momento.
Los abuelos mandaron dinero para que me compraran algo, sumando. Ese era el acuerdo entre mis progenitores y ellos. No es algo que supiera entonces. Mamá me lo ha explicado. No querían que nos llegarán cosas no deseadas o inútiles. Por ello, desde que nació mi hermana acordaron con los abuelos juntar fuerzas. Así tuvimos bici o casa de muñecas.
No tardamos en ir a la aldea. A casa de la abuela Rosa. Yo me llamo como ella. Para distinguirnos me llamaban Rosi. Ahora reivindico Mi nombre. Ella ya no está. Su muerte no pudo evitarse por carencias en la sanidad. Recuerdo a mis padres diciendo que a su edad no la habían atendido como debía.
Siempre me he sentido muy cercana a mi abuela. Su muerte fue un mazazo. Llevábamos con ella un par de años. Yo no había cumplido los ocho.
Mis seis a su lado fueron magia.

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