La sangre

La sangre se lava
La sangre se lava con agua fría y se quita con agua oxigenada, decía la abuela Rosa.
Se lo escuché muchas veces, pero recuerdo cuando dejé esas marcas en mis sábanas por primera vez. Mi madre me recriminó, pero ella salió con esa al tiempo que cogía la ropa y hacía el milagro, en el preciso momento que yo iba hacia el desastre. Entonces me dijo que el agua caliente dejaría la marca para siempre, y por mucha lejía allí estaría el rastro, más en un tejido que no era blanco ni de algodón. Ganas tuve de cortar esa huella con las tijeras finas con las que aún hoy recorto mis uñas.
Hay otra sangre que no desaparece nunca. La de los charcos en accidentes y contiendas injustas.
Nos llevaron a un mundo desierto.
Aquellos días en que iba de la casa de mi padre a la de la yaya, manteniendo contacto táctico con aquellos desposeidos y solitarios con los que buscaba recursos dentro de unos límites que parecía no podíamos traspasar, maquiné ideas y proyectos para salir de la pobreza.
Si no te cuidas tú.
La pobreza te esclaviza.
Tarde en darme cuenta de mi error. Debía salir de esa quietud. Buscar recursos, sin moralibas.
Mi cuerpo era mío. No lo expondría. 
Pero en el mundo siempre hubo muchas formas de beneficiarse de los demás. Allí estaban los del poder y el dinero. Esos saben sacar rédito del esfuerzo de otros, y además son temidos y respetados. Organizaría a Esa gente que me consideraba de su lado. Éramos colegas. En un entorno ostil para la mujer me hacía pasar por uno de ellos. Primero para evitarme problemas. En los días del ciclo menstrual desaparecía. Con Berta estabamos bien. Ella, más joven que mi padre era como una hermana mayor, y Juanito tenía mucho enganche conmigo. Llegó a nuestras vidas cuando aún no tenía cinco años. La yaya lo mimaba y quería como propio. A papá le iba bien, estaba mejor que nunca. Alguna vez quiso explicarse, pero no le dejé. Los hijos no deberíamos tener que escuchar esos asuntos que sólo les competen a los adultos. Si mamá lo sacó de su vida, sus razones tendría, para mí no cambia nada, son nuestros padres. A Rosi le cuesta más asumirlo. Nos vemos poco, pero nuestra comunicación no se rompe, siempre es como si no dejáramos de estar juntas. Sobretodo ella, que me pone al día.
No cursé estudios universitarios. Para nada me hicieron falta. Mis abuelas y abuelos, tampoco. Mis padres tuvieron que rebajar sus expectativas. Primero fueron explotados en gabinetes en Los que apenas cobraban para aguantar con los gastos y un alquiler que se les fue de las manos. Los abuelos también quebraron. Suerte que tuvieron dónde volver y sacarse de encima cargas que no podían asumir.
Pero Rosi estudia y trabaja. Lo suyo le cuesta. Ayuda en la producción y venta del curro autónomo de mamá. Ellas se entienden y ayudan. Mi madre cada vez se parece más a la abuela. En físico y carácter.

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